Hoy en la historia, 1894, el último zar de la dinastia Romanov, Nicolás II, asciende al trono de todas las Rusias

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Un remoto día de 1894 (hace 130 años), llegaba al trono de la vasta y extensa Rusia, Nicolás II, el último miembro de la dinastía Romanov, un apellido que durante tres siglos, mantuvo controladas bajo un puño de hierro, las riendas de Rusia, uno de los imperios más grandes que ha dado la humanidad. Una nación que en el ocaso del siglo XIX y los albores del XX, pedía a gritos una transformación de corte social, política y económica.

Europa se transformaba aceleradamente y caminaba a paso firme hacia la democracia, mas sin embargo, la feudal Rusia seguía detenida en el tiempo, anclada en la necedad de antiguas y erradas políticas y aferrada a un sistema decadente y represivo. Un régimen que no supo ver que su fin venía de camino y Nicolás, un hombre de carácter tímido y acentuada sordera política, ascendía al trono para, casi sin darse cuenta, precipitar trágicos y crueles acontecimientos históricos, que cambiarían para siempre, el panorama de la política mundial.

El Emperador y Autócrata de Todas las Rusias “Nunca quiso ser Zar”

El último zar de Rusia, ignoró por completo el tiempo que le había tocado vivir y encarnó convincentemente el modelo del gobernante autocrático, un rol para el que además no estaba preparado. Su inflexibilidad ante los cambios se fue sumando a su falta de experiencia y a su carácter inseguro, un cóctel que a la larga sería su perdición y arrastraría consigo a todo un imperio.

El zar Alejandro III, padre de Nicolás y su predecesor en el trono, falleció de manera inesperada por enfermedad, cuando su hijo solo contaba con 26 años, precipitando su ascenso al trono.

Extremadamente culto, pero poco preparado en las artes de la política, Nicolás se vio, de buenas a primeras, como perdido en medio de una selva, tenía un conocimiento escaso de la realidad de su propio país y poca habilidad en la diplomacia internacional, algo que él mismo reconocía: “No estoy preparado para ser zar, nunca quise serlo. No sé nada del arte de gobernar, ni siquiera sé cómo hablar a los ministros”.

De errores, desatinos, sonados fracasos y otras cuestiones

Su inseguridad lo llevó inexorablemente al fracaso, consideraba que sus ministros tenían más experiencia que él y ni siquiera se les oponía, dejaba en manos de otros la toma de decisiones trascendentales que lo convertían en un individuo fácil de manipular y por esto, cometió gravísimos errores, como la guerra con Japón (un desastroso fracaso) o la decisión de ponerse él mismo al mando del ejército durante los catastróficos eventos de la primera Guerra Mundial, tiempo durante el cual, dejó el poder en manos de su esposa, la zarina Alejandra, completamente bajo la influencia de Grigori Yefímovich Rasputin, un tenebroso e influyente monje, un místico que llevó a la pareja por oscuros caminos, al punto de manipular la voluntad de ambos gobernantes y terminar influyendo en fatales decisiones.

El fin de un imperio y de una dinastía legendaria

Y llegó la Revolución de Febrero de 1917, y una Rusia harta de guerras, de represión, de autócratas y de calderos vacíos se lanzó frenética a las calles y no paró hasta tirar por la borda, tres siglos de historia y de férrea dinastía .

Nicolás, impasible por su creencia al derecho innato de gobernar, no supo percibir la tormenta que se avecinaba, hasta que fue muy tarde, entonces pensó que podía salvar la dinastía abdicando a favor de su hijo Alekséi, pero la magnitud del descontento hacia su familia y la débil salud del heredero lo impidieron. El 2 de marzo renunció a sus derechos y a los de la dinastía.

Fue depuesto y detenido junto a su familia por los soviets revolucionarios, que sistemáticamente fueron eliminando de manera brutal todo lo que oliera a nobleza u oligarquía, llegando a implantar lo que se conocería como el “terror rojo”.

Al principio la familia imperial gozó de una cierta libertad y de algunos privilegios en Tobolsk (Siberia Occidental) pero en Octubre, los bolcheviques terminaron de tomar el control absoluto del poder y las tornas cambiaron trágicamente.

Finalmente fueron trasladados a Ekaterinburgo, a la espera de poder enviarlos con seguridad a Moscú. Pero el estallido de la guerra civil en Rusia hizo temer la liberación del zar y con ella una contrarrevolución a gran escala contra el gobierno bolchevique, por lo que el 16 de julio de 1918 las autoridades comunistas tomaron una decisión definitiva: ejecutar a los Romanov de inmediato.

Esa misma madrugada, los esbirros rojos despertaron  al zar Nicolás, a su esposa Alejandra, al zarévich Alekséi y las cuatro hijas: Olga, Tatiana, María y Anastasia. Los llevaron al sótano de la casa donde estaban retenidos, y allí, de manera cruel y sanguinaria, asesinaron a la familia en pleno a disparos y golpes de bayoneta, tras lo cual sus cuerpos fueron llevados al bosque y quemados.

Epílogo

Después de la caída de la Unión Soviética, durante la presidencia de Borís Yeltsin, fueron hallados en 1991 los restos atribuidos al último zar de Rusia, su esposa y tres de sus hijos y finalmente sepultados en la Catedral de San Pedro y San Pablo en 1998.

Luego, en el año 2007, aparecieron otros restos óseos en un bosque cerca de Yekaterimburgo, restos que se dijo, muy probablemente fueran los del zarévich Alexéi y los de María Romanov. Este hallazgo propició que se exhumaran nuevamente los cuerpos para una nueva investigación del caso.

En 2018, Justo 100 años después de la muerte del zar Nicolás II las autoridades rusas confirmaron, tras la realización de un análisis genético, que los restos enterrados en San Petersburgo, son efectivamente, los auténticos despojos mortales de la familia imperial rusa.